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El Blog del Instituto Cervantes en Sídney

[Biblioteca] El orgullo de Natalie

Natalie nos vuelve a enriquecer con su relato sobre el libro que ha leído para el Club del Libro. Si el mes anterior nos hablaba de cuentos hispanoamericanos ahora comparte las impresiones que le ha dejado Ruiz Zafón.  Natalie está un poco orgullosa porque ha terminado su primera novela en español, debería estar muy orgullosa, no sólo por la dificultad de haber terminado una obra extensa en otro idioma, sino que además me ha enseñado una nueva palabra que no conocía: malevolente.


Admito que hoy estoy un poco orgullosa. Por primera vez he terminado un libro en español, lo he leído de principio a fin. Por supuesto, había un atenuante: es un libro para jóvenes, lo que promete, teóricamente, un vocabulario no demasiado complicado. No obstante, he aprendido un montón de palabras, como:

  • ‘rostro’ (nadie tiene cara en este libro, todos tienen rostros.)
  • ‘acariciar’ (estos rostros siempre están acariciándose.)
  • ‘arañar’ (la lluvia siempre está arañando los cristales)
  • ‘cristales’ (no hay ventanas en este mundo.)
  • ‘hedor’ (hay siempre un hedor a podredumbre cuando llega la criatura malevolente misteriosa.)
  • ‘acero’ (el cielo es siempre de acero.)
  • ‘incorporarse’ (nadie, en ninguna página del libro, se levanta.)

Aunque de valor instructivo, la historia no me ha encantado. Hay que admitir que no soy del público al que va dirigido… Pero en inglés me gusta mucho leer libros para jóvenes. Este libro –bueno, empezó a enfadarme por su inexactitud:

“Yo pasaba mis días soñando despierto en las aulas de aquel inmenso castillo, esperando el milagro que se producía todos los días a las cinco y veinte de la tarde. A esa hora mágica, el sol vestía de oro líquido los altos ventanales.”

Eh… no. Dejando a un lado la cuestión de las condiciones meteorológicas son variables: la hora del puesto de sol cambia cada día. Es imposible que se ponga siempre a las cinco y veinte de la tarde. Pero bueno, soy pedante. Y el error no sería difícil de evitar:

 “Yo pasaba mis días soñando despierto en las aulas de aquel inmenso castillo, esperando el timbre que anunciaba el fin de las clases a las cinco y veinte de la tarde. En otoño, era una hora mágica, el sol vestía de oro líquido los altos ventanales.”

Me molestaba también el lenguaje rimbombante – hasta que me dí cuenta, a regañadientes, de la posibilidad que sea intencionado, una técnica literaria para convencernos de que el narrador es realmente un chico de quince años… Lo sigo dudando, pero claro, es posible.

Para mí, el problema más grave es sobre el género. Por una parte, es una novela de terror, estilo Frankenstein, con muñecas de tamaño natural con ojos vivos…  hay monstruos y tumbas abiertas y manos frías e invisibles buscando a agarrar a los héroes por el tobillo –  aunque no da verdadero miedo, es demasiado melodramático. Por otra parte, es del tipo policíaca, con asesinatos y suicidios, pistas y pistas falsas y finalmente una confrontación en un teatro abandonado que termina en una conflagración.

Pero una vez que las llamas se extinguieran, restan cuatro capítulos del libro, que se revelan como una historia de amor. La heroína es atacada por una enfermedad mortal; el héroe le hace compañía en el hospital hasta que muera, algunas veces después. Ni siquiera mencionan las aventuras increíbles que han compartido; así la mayor parte del libro se reduce a una diversión. Resulta que al terminar, yo me sentí totalmente estafada. No me gustan las historias de amor, y si hubiera sabido que tipo de libro era, no lo habría seleccionado.

Por Natalie Shea

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